Opiniones

Opiniones sobre él:


Siempre recordaré su serenidad, sencillez, claridad, sonrisa, delicadeza, profundidad. Transmitía una paz alegre que te hacían sentir en casa. Como si fuese un sacerdote de las primeras comunidades con Jesús. Siempre que me hablan mal de la iglesia encuentro en él un referente para demostrar que la iglesia es la familia. Gracias.

Alberto Sánchez González


Paco ha sido especial en la vida de muchísima gente que ha tenido la suerte de conocerlo. Para mí fue como un segundo padre, lo conocí con apenas 14 años y he crecido junto a él, al igual que una enorme generación de jóvenes que hoy ya la mayoría somos padres de familia. Su vida, su forma de ser, su mirada…. transmitía vida. Cuando en el funeral se cantó la canción “He encontrado un tesoro” parecía lo estaba viendo allí en la parroquia, enseñándonos a cantarla, pero lo más importante, a sentir que ese tesoro que él nos presentaba iba a marcar el destino de nuestras vidas. Paco, no tengo palabras para expresar lo que siento, doy las gracias a Dios por haberte puesto en mi vida, seguro que ahora desde el cielo seguirás muy cerca de todos los que te hemos querido tanto en la tierra.

Juan Pio Abenza


Durante el funeral recordaba un sermón de nuestro D. Francisco, en el que nos decía que cuando el muriera y se presentara ante el padre solo diría “yo soy gracias” y me lo imaginaba con su cara bondadosa siempre dispuesto a escuchar. Somos muchos los que hemos recibido sus gracias y le debemos mucho. En definitiva para mí se me ha ido un trozo de mi vida. Gracias Paco.

José Durán


Se nos ha ido una persona especial, cristiana y además sacerdote. En el tiempo que he estado junto a él me enseñó a estudiar, trabajar y a vivir por un ideal. Sus homilías y experiencias las llevo guardadas en mi corazón, como uno de los tesoros más apreciados que he encontrado. Gracias Paco.

José Pascual Rodríguez Fernández


Me emocioné al ver los frutos que Paco ha dejado: éramos personas de todas las edades y vocaciones que en un clima sagrado acudimos a darle nuestro adiós. Ha sido una persona que ha amado mucho y con una gran humildad, pues nunca se hizo valer de su gran formación cultural. Siento que ahora, desde arriba nos mira y nos ayuda.

Antonio Rios Guardiola


Fue un momento muy emotivo y sencillo, pero con un montón de recuerdos en la cabeza, para aquellos que lo conocíamos de hace tiempo. Ver tanta gente mostró lo mucho que le queríamos, tanto entre los sacerdotes, como entre los seglares. Entre los muchos recuerdos, me venía a la mente sus palabras cuando fue nombrado párroco de S. Bartolomé “yo desearía ser aquí, un árbol donde puedan venir las aves, de todo tipo y condición a posarse y anidar. Mis ramas, tronco, todo él; siempre estarán abiertas y dispuestas para todos”. Observando la pluralidad allí presente, me parecían cumplirse estas palabras. Gracias Paco, por haberme ofrecido y enseñado este camino de Vida.

José Antonio Sánchez


Un gran sacerdote y sobretodo un hombre de Dios. Me impresionó su experiencia y gracias a ella me introduje en una vida cristiana comprometida. Mi agradecimiento eterno a esta gran persona.

Antonio Zaragoza González


Multitudinario sepelio del sacerdote Francisco Sánchez Abellán.

MURCIA En la tarde del pasado viernes fue oficiado el funeral de córpore insepulto del sacerdote murciano Francisco Sánchez Abellán. La ceremonia, presidida por el obispo de la diócesis, monseñor Juan Antonio Reig Plá, fue concelebrada por más de medio centenar de presbíteros y contó con la presencia de varios seminaristas y sacerdotes llegados desde otras diócesis españolas. El funeral tuvo lugar en la parroquia de San Bartolomé, donde ejerció durante los últimos años su ministerio sacerdotal que se inició en los años sesenta en la parroquia de El Salvador (Caravaca de la Cruz) y que se completó después con su paso por las iglesias parroquiales de Aljucer y Archena, entre otras localidades. El templo se llenó por completo con cientos de fieles llegados de diferentes puntos de la región. El próximo viernes, 16 de enero de 2009, a partir de las 8 de la tarde y en esta misma iglesia, se oficiará un funeral por el alma de este sacerdote que participó activamente en el desarrollo del Movimiento de los Focolares en la diócesis de Cartagena. Su pasión por el arte le llevó a participar como especialista en las visitas a la exposición Huellas en la catedral de Murcia. Su experiencia como docente en varios institutos de la región junto a sus enseñanzas en el Seminario le llevaron a afirmar en su libro “María, camino de peregrinos”, que “la Razón por la que Dios es Verdad (dogma), Bondad (moral), Justicia… es igualmente válida para Dios Belleza, y cuando se hermanan estética, dogma, Biblia y cultura se tocan las fibras más sensibles del ser humano, que por estar hecho a imagen y semejanza de Dios, tiene en lo íntimo de su ser todos los atributos de Dios en espera de que alguien los despierte” El obispo destacó en la homilía los principales rasgos de Sánchez Abellán, sus estudios en la Universidad de Salamanca sobre el canon romano y su faceta como formador de jóvenes seminaristas, a la vez que agradeció la “siembra” realizada en esta diócesis del carisma de la Unidad con el que el Espíritu Santo hizo nacer la Obra de María a mediados del siglo pasado en Trento (Italia) a través del Sí de Chiara Lubich (fundadora de los Focolares).

Juan Fernández Robles


Francisco Sánchez Abellán, el maestro.

Es para mí un reto escribir de mi vecino, que estoy seguro Dios tendrá ahora a su lado. Líneas, reflexiones de vivencias que escribo a petición del presidente de la Asociación de la Comunidad Local Focolar de Aljucer, Antonio Zaragoza.

Mi texto no llega más allá que la plasmación del recuerdo junto a Francisco Sánchez Abellán. Son mis propias vivencias que hago mirando hacia atrás, en este caso recordando un pasado bastante lejano, pero que quedó inmerso en mi vida, me impactó. En aquel momento no sabía bien con quien estaba, quién era mi maestro, pero me llegó muy hondo. Después supe realmente de su valía religiosa, humana y cultural. Ahora la plasmación de estas líneas me llevan a hacerlo desde la responsabilidad y la alegría personal, sobre todo cuando se trata para la asociación que lleva el nombre del que fuera mi vecino, de Paco, el cura; porque, si la asociación lleva su nombre, entiendo que en sus miembros está el querer seguir los pasos de la persona que da nombre al grupo, es decir, del maestro.

Y maestro lo fue para mí durante un curso escolar. Andaba yo por años de juventud en donde primaba la alegría, cantar y la unión con un grupo de compañeros, de amigos que teníamos en ese momento un mismo ideal, ser sacerdotes.

Apenas si había cumplido los dieciséis años. Y la educación en el Seminario Menor de San José de la capital, de Murcia, era lo que ocupaba el mayor espacio de mi vida. Había dejado familia, en El Raal. Yo, mi futuro, era la gran ilusión de mi padre, que Dios tenga también en su regazo. Tener un hijo sacerdote.

También era en aquel momento mi ilusión, mis deseos, mi esperanza. Actitudes sanas que compartía con un reducido grupo de amigos, los amigos de mi curso. Éramos los seminaristas mayores. Los que, estudiando en el Seminario Menor ya estábamos camino de Madrid para hacer los estudios de Filosofía. Aquí, en Murcia, cursábamos el Bachillerato en el Instituto Alfonso X el Sabio, donde manteníamos amistad con otros grupos de jóvenes: la clase, los compañeros de las competiciones deportivas, o cualquier otra amistad personal que afianzábamos y los superiores del Seminario inculcaban en nosotros, el valor de la amistad. Ellos, nuestros amigos del Instituto venían al Seminario, a participar en nuestras eucaristías, en nuestras competiciones deportivas, en actividades lúdicas.

Pero siempre había un esmero por trabajar más. Por dar de nosotros mismos todo lo que era posible, cultivar nuestras aficiones, nuestra inteligencia; esos dones que Dios da a cada uno para expandir su Reino y compartir con los demás.

Para lograr ese crecimiento personal más allá de lo establecido en las clases normales del Instituto, nuestro Seminario se convertía en otro centro de formación. Formación en la espiritualidad, en el arte, en las ciencias en la cultura. En definitiva en hacer personas completas, dinámicas, alegres, dispuestas para darlo todo, lo mejor de nosotros mismos allá donde estuviésemos, como sacerdotes si llegábamos al final de la carrera. Como padres, como ciudadanos, si nuestro camino tomaba otro rumbo.

Y ese fue el mío, tomé el rumbo de la paternidad y de ser una persona en medio de la sociedad, siendo miembro de distintas asociaciones, de trabajar por y para los demás; pero para ello en nuestra etapa juvenil, antes debíamos formarnos, y eso hicimos.

Como dije anteriormente, estaba en mi plena juventud. Sólo con dieciséis años. Las actividades complementarias en el Seminario se diseñaban a principio de curso, entre ellas hubo una que me llamó la atención y que, amante de las letras me dije que no podía dejar de inscribirme. Fueron las clases de latín y griego. El profesor, un tal Paco Sánchez Abellán, “creo que es de tu pueblo”, me dijeron mis compañeros. “Pues la verdad que no lo sé”, fue mi respuesta. Mi vida estaba más próxima a la barriada de El Secano, en El Raal, pero lejano a la parroquia. Paco, el cura, era en la parroquia donde ejercía su actividad. Además él nació en la Calle Mayor, próximo a la misma parroquia, y, por si fuese poco, me llevaba varios años de diferencia. Muy difícil que en aquellos momentos yo supiese algo de él. “No lo conozco personalmente”, les dije a quienes decidimos apuntarnos a aquellas clases que eran totalmente voluntarias. Sólo se impartían un día a la semana, durante dos horas, venía Paco, el cura, a enseñarnos griego y latín.

Francisco Sánchez Abellán, el maestro, -Paco para todos-, siempre era muy puntual. Las clases se impartían por la tarde. En la primera planta del edificio, en un aula no muy grande. Pocos nos habíamos apuntado a esta actividad. El aula tenía dos grandes ventanales hacia la fachada principal del mismo edificio, hacia poniente. Paco entornaba las ventanas, no quería que la luminosidad fuese muy fuerte y molesta. Prefería crear un ambiente suave, apacible, tranquilo. Como tranquilo y suave era su timbre de voz. Te enganchaba, sabía a miel, no podías dejar de seguirle con la mirada. A veces nos sugería que mirásemos al libro. Era nuestro libro maestro: una Biblia escrita en griego y latín. Una joya.

Porque sus clases era la palabra de Dios: “Alfa y Omega”. “Principio y Fin”. “Primero y Último”…. “In prinquipium erat verbum”, así recuerdo que se pronunciaba. No sé si estará bien escrito, pero a ello dedicamos muchas clases. La palabra. Porque la palabra se hizo carne y habitó entre nosotros.

No eran sólo una lección de latín y griego. Era la lectura de la Vida. De la fuerza de la palabra, que en sí encierra la Vida.

Eran clases en las que no proseguíamos si todos no lo habíamos comprendido al detalle, en su totalidad. Yo, un negado para las lenguas, ¡Y para colmo las lenguas muertas!, pero Paco, el cura, me hizo amarlas, a sentirlas como un susurro en mi corazón. Como un canto melodioso que chisporroteaba en mis oídos para después, plácidamente comprenderla y aprenderla. Nadie faltó a las clases que Francisco Sánchez Abellán impartió. Su pedagogía era vida, él nunca llegó a sentarse en su mesa de profesor. Se venía a nuestras mesas, quería incluso la movilidad de las sillas, que nos viésemos las caras. Que no se produjese una relación de jerarquía entre el educador y el educando, sino una relación de amistad.

Sus clases eran verdaderos tratados de pedagogía, de teología y, ante todo de amistad. Nunca se molestó porque no llevásemos al día la actividad que nos marcaba para la siguiente semana, si ello ocurría nos dejaba tiempo al inicio de sus clases para que hiciésemos la tarea. Para que nos sintiéramos bien.

El bienestar de todos era su principio. Era usual iniciar las clases con interrogantes por su parte: ¿Qué tal os encontráis? ¿Cómo van esos ánimos? ¿Habéis tenido muchas actividades de clase esta semana? Sus clases eran complementarias, y él quería que llegásemos a ellas con ilusión, con otros menesteres cubiertos, ya cumplidos, porque aquel era el espacio del encuentro, de la amistad, del bienestar.

Sólo un libro, la Biblia era el material necesario. Libro de páginas que no habíamos visto escrito en ningún otro lugar, era una obra de arte. Era perfume de letra impresa, pero que se convertían en voz, en la palabra. En la fuerza de vivir, de compartir la amistad entre quienes todos los jueves, a las 18 horas de la tarde, nos encontrábamos con Paco, el cura.

El Seminario en la historia de mi vida quedó atrás. Una experiencia muy valiosa en mi personalidad. Los caminos que el Señor me tenía aguardados eran junto a una esposa y dos maravillosas hijas. Pero “In prinquipium erat verbum”. Y la palabra se hizo carne, y hoy habita en nuestro hogar, el de una familia feliz que vive en compromiso con la sociedad.

Manuel Herrero Carcelén

Psicólogo y periodista


Francisco Sánchez Abellán, sacerdote para servir.

Mi encuentro más intenso con Francisco Sánchez Abellán fue para la publicación del libreto: “Vivencias de Fe. Experiencias sacerdotales de vecinos de El Raal”.

Empezábamos el siglo XXI, concretamente era el año de 2001 y un acontecimiento que durante más de dos lustros no se celebraba en El Raal iba a marcar historia en la Historia de la Parroquia de Ntra. Sra. de los Dolores: la ordenación sacerdotal de un vecino, de Antonio José Abellán Roca.

Antonio José había realizado su servicio social, sustitutorio del servicio militar, en Cáritas Diocesana. Sus amigos, sus compañeros de Cáritas ante el hecho de su ordenación sacerdotal acordaron regalarle la edición de un libreto conmemorativo. Éste acudió a quien relata estas páginas: -Manolo tengo ilusión porque todos nuestros vecinos sepan qué sacerdotes son del pueblo. Yo voy a ser uno más, pero todos los raaleños, incluso las gentes en general podrían saber algo, la vida, sus pensamientos, de todos aquellos que me han precedido ¿Qué te parece?

Ante este planteamiento y, unido a la buena disponibilidad de los trabajadores compañeros de Antonio José, uno no tenía porqué pensárselo dos veces. -Ya sé que es más trabajo para ti, localizar a todos los sacerdotes, preguntarles, además estudiar por tu parte las preguntas a realizar, no sé, ya te digo Manolo, sé que es un sobre esfuerzo y, además gastos en desplazamiento, tiempo de dedicación,… pero puede quedar bien ¿Qué te parece?, me decía él. –Además, la publicación puede servirte como currículum en tus publicaciones como cronista oficial de nuestro pueblo; Me reiteraba Antonio José, y en las sucesivas veces que nos encontramos trató de animarme a esta tarea.

Antonio José más de una vez había estado en casa de mis padres, en El Raal y muchas veces le había saludado en la parroquia y también habíamos compartido amistad tomándonos algunos chatos de vino con torraos en las fiestas de San Isidro sobre todo, en la Orilla del Río, donde este santo tiene su ermita y donde Antonio José tiene su vivienda. Incluso sus padres son mis amigos desde hacía años antes de su ordenación sacerdotal.

A sus interrogantes uno no podía plantearle una negativa: -Vamos a ello, incluso sabes lo que te digo -le manifesté yo- ese va a ser mi regalo de tu ordenación sacerdotal. Dedicaré tiempo, kilómetros que echar al coche, gasto de teléfonos, pero tú como amigo te lo mereces y, además va a quedar algo muy bonito para el pueblo: la historia viva de unas personas, de unos vecinos que han optado por la vida sacerdotal.

En este caso queríamos ceñirnos a los sacerdotes diocesanos; es decir a aquellos que dependían del Obispado, de la Diócesis de Cartagena-Murcia; por tanto una persona que en el año de su ordenación era misionero y estaba lejos de España no lo teníamos en cuenta; de igual manera otra persona, de la orden franciscana tampoco era objeto de consideración para esta publicación. La acotación que realizamos a propuesta del mismo Antonio José eran los sacerdotes de la Diócesis.

Ocho personas, ocho sacerdotes, además del mismo Antonio José Abellán que se ordenaba ese año eran los que iba a entrevistar para dedicarles dos páginas del libreto, ilustrada además con una fotografía al objeto de que todos pudiesen situar la imagen visual del personaje. El libreto lo prologaba además el obispo de la Diócesis, a la sazón, Manuel Ureña Pastor.

Como siempre el orden, por orden alfabético del primer apellido: Antonio José Abellán Ros entrevistado como diácono y que iba a ser ordenado sacerdote. Narciso Dols Morales, Joaquín López Sánchez, José Meseguer Martínez, Manuel Muñoz Juárez, Ricardo Muñoz Juárez, Manuel Ros Cámara, Francisco Sánchez Abellán y Ángel Soler Larrosa.

No. No me he equivocado. Nuestro personaje, Francisco Sánchez Abellán ocupaba el penúltimo de la lista en la publicación, por orden alfabético de su primer apellido. Ahí estaba él. Y a él dediqué más de una entrevista para conocerle, siguiendo el mismo esquema que a todos plantearle el cuestionario–guía que había establecido. A todos, a los nueve se les hacía las mismas preguntas. También disponían del mismo espacio en la publicación.

Pero Paco, el cura, como así le conocíamos en El Raal dedicó mucho tiempo a reflexionar el cuestionario. ¿Por qué ha optado usted por ser sacerdote? ¿Cómo vive el celibato? ¿Qué momentos más difíciles ha tenido en su camino hacia el sacerdocio o ha vivido estando ya ordenado?, etcétera.

Paco quiso saber con antelación cuál era el planteamiento, de qué se le iba a preguntar. En un primer encuentro, en su casa de la Calle Gloria, junto al Seminario Menor de San José, y sentado en torno a su mesa de camilla él quería saber el objetivo, las preguntas,… Su actitud no era curiosa, sino responsable. Quería adentrarse en la tarea con la seriedad y profundidad que el tema lo requería. ¡Lástima que sólo dos páginas disponía Paco!, Igual que todos. Pero él dedicó después varias sesiones para responder. Fue una reflexión a toda su vida, centrada en su vivencia sacerdotal, en su espíritu de servicio a los demás.

A la noche, al finalizar la jornada fue cuando en tres ocasiones me reuní en torno a su mesa redonda. Frente a frente. Me miraba fijamente a la vez que hablaba. Muchas veces sólo me gustaba escucharle, pues sus palabras eran vida. No hablaba con la mente, él, Paco el cura, hablaba con el corazón, de su VIDA, de sus vivencias más profundas que le habían hecho llegar a ese momento, caminar toda su vida en el sacerdocio. Servir a los demás, en Aljucer, donde estuvo cinco años; en Archena, dónde también fue profesor; en El Raal, cuando iba de vacaciones o su familia celebraba un evento. En el Seminario cuando iba a realizar funciones de educador, de maestro,… Paco no hablaba sólo con las cuerdas vocales. Su mensaje era melodioso, dulce. Eran cuerdas bocales templadas por la vida, por los sentimientos, por su inteligencia; por un todo, por su ser: “para ser sacerdote primero tienes que ser persona, después cristiano…”. Reflexionaba cada frase, cada palabra.

Paco hizo muchas referencias a su infancia, a su deseo de siempre de servir a los demás desde el desprendimiento. Desprendimiento de una mujer, de una familia, de su familia.

Su mensaje debía ser entendido por todos. Me informaba que muchas veces observaba sobre todo a las personas que estaban en los últimos bancos de la parroquia cuando él celebraba la misa y procuraba observar si se movían mucho, si despistaban la mirada, si adoptaban una actitud como que no les iba la cosa. Si eso era así, se sentía defraudado consigo mismo. Pensaba que no había sido capaz de fascinar con la lectura y reflexión de la Palabra de Dios. En ocasiones preguntaba a estas gentes si le había entendido su reflexión del Evangelio. Siempre quería que los más lejanos del altar estuviesen como a su lado, experimentando la riqueza de la Eucaristía, del mensaje del que era portavoz: del mensaje de Dios, de su Palabra.

Su madre, Encarnación, era para él su principal y mejor catalizador. Ella, que no había realizado ningunos estudios, para él tenía que comprender a la perfección su mensaje, la exposición del Evangelio. Para Paco los momentos más sublimes del día que vivía era la celebración de la Eucaristía. Así me lo hizo saber, tanto si lo celebraba ante el pueblo de Dios, en su parroquia, como si la celebraba en el silencio de su comedor, de su casa. Aquí él también hacía presente a todas las gentes que conocía. Pedía y oraba por todo el pueblo, pues una Eucaristía no se concibe sin la unión de todos, me comentaba.

Muchos de sus mensajes quedaron en la libreta donde tomaba los apuntes, otros sólo en mi mente, en mi corazón, pues en muchos momentos me pedía que no escribieses cuando comunicaba algo muy íntimo, una vivencia muy personal que había marcado su historia de vida.

En muchos casos me hizo referencia al movimiento Focolar. Había supuesto la revolución de su vida, encontrarlos en su camino fue para él un giro de noventa grados en la concepción de su propia vivencia religiosa. Supuso para él la humanización del sacerdocio: “primero persona, después cristiano, y así puedo ser sacerdote, sirviendo a los demás”, repetía Paco, el cura.

Manuel Herrero Carcelén

Pedagogo y Diplomado en Trabajo Social